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El simpático encuentro de Dalí y Lacan. Dalí, surrealista a su pesar.

Salvador Dalí denominaba a su “método” la paranoia crítica y su genialidad excéntrica no le excusó de acumular amplios conocimientos en los que basaba sus escritos. Sus textos son más desconocidos que su pintura, y sin embargo, si hemos de creerle, de mayor valor. A tan brillante currículum hemos de añadir que tuvo la ocasión de conocer a los que muchos consideramos los mayores genios del psicoanálisis: Dalí tuvo una sesión de consulta con Sigmund Freud, y como veremos, también se encontró con Jacques Lacan.

Por su parte, Lacan no fue sólo el gran renovador del psicoanálisis sino que sus teorías se cimentaron en su extensa cultura filosófica, matemática, literaria y también artística. Además de coleccionar arte, se movía en los círculos intelectuales en los que se estaba cocinando el surrealismo.

Reproduzco aquí la narración que hace Dalí del simpático encuentro entre ambos. Y no puedo ocultar un suspiro: ¡qué tiempos!

Lo desee o no, parezco destinado a una excentricidad truculenta. Tenía treinta y tres años. Un día en París me llamó por teléfono un joven y brillante psiquiatra. Acababa de leer un artículo mío en la revista Minotauro sobre “Mecanismo interno de la actividad paranoica”. Me felicitó y expresó su asombro ante la exactitud de mi conocimiento Lacancientífico de esta materia, tan mal comprendida usualmente…. Deseaba verme para discutir conmigo toda esta cuestión. Convenimos en vernos a hora avanzada aquella misma tarde, en mi estudio de la calle Gaudet. Pasé toda la tarde en un estado de agitación extrema, ante la perspectiva de nuestra entrevista, e intenté planear por anticipado el curso de nuestra conversación. Mis ideas eran tan a menudo consideradas, aún por mis más íntimos amigos del grupo surrealista, como caprichos paradójicos –con matices geniales, por supuesto-, que me halagaba ser finalmente tomado en serio en círculos estrictamente científicos. De ahí que estuviera ansioso de que, en nuestro primer intercambio de ideas, todo fuese perfectamente normal y serio. Mientras aguardaba la llegada del joven psiquiatra, continuaba trabajando de memoria en el retrato de la vizcondesa de Noailles, en el cual me ocupaba entonces. Esta pintura era ejecutada directamente sobre cobre. El bruñido metal reflejaba la luz como un espejo, lo que me impedía ver claramente mi dibujo. Observé, como ya lo notara antes, que veía mejor lo que hacía allí donde los reflejos eran más brillantes. Al momento pegué a la punta de mi nariz un cuadrado de papel blanco de 2.5 cm. Su reflexión hacía perfectamente visible el dibujo de las partes en que trabajaba.

A las seis en punto –hora convenida de la visita- sonó el timbre de la puerta. Guardé apresuradamente mi cobre, entró Jacques Lacan e inmediatamente nos Dalí jovenlanzamos a una discusión tecnicísima. Tuvimos la sorpresa de descubrir que nuestras opiniones eran igualmente opuestas, y por las mismas razones, a las teorías constitucionales aceptadas entonces casi unánimemente. Conversamos durante dos horas en constante tumulto dialéctico. Partió con la promesa de que mantendríamos un contacto constante y nos veríamos periódicamente. Después de su partida, me puse a pasear por mi estudio intentando reconstruir el curso de nuestra conversación y sopesar más objetivamente los puntos en que nuestros raros desacuerdos pudieran tener verdadera importancia. Mas cada vez estaba más perplejo por la manera, más bien alarmante, en que el joven psiquiatra me escudriñaba el rostro de vez en cuando. Era caso como si el germen de una extraña, curiosa sonrisa quisiera entonces transparentarse en su expresión. ¿Estaba estudiando los efectos convulsivos, en mi morfología facial, de las ideas que agitaban mi alma?

Encontré la respuesta al enigma cuando fui a lavarme las manos (éste, dicho sea de paso, es el momento en que se ven toda clase de cuestiones con la mayor lucidez). Pero en esta ocasión lo que me dio la respuesta fue mi imagen en el espejo. ¡Había olvidado quitar de mi nariz el cuadradito de papel blanco¡ Durante dos horas, había discutido cuestiones del carácter más trascendental en el tono de voz más preciso, objetivo y grave, sin darme cuenta del desconcertante adorno de mi nariz. ¿Qué cínico habría podido representar conscientemente este papel hasta el fin?

Y sobre la divertida narración de Dalí, yo me pregunto: ¿qué paranoico habría podido soportar la persistente mirada de un psiquiatra?

Rafael Pareja Flores
Otra entrada de este Blog también sobre Dalí en el siguiente enlace: 

One Response to “El simpático encuentro de Dalí y Lacan. Dalí, surrealista a su pesar.”

  1. Donato dice:

    El papel en la nariz de Dalí, qué gran acto fallido.

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Miguel Ángel Valente
(en "Fragmentos de un libro futuro").