La depresión y sus sombras

La depresión, esa oscura compañera que se aloja en el desván de nuestra mente, es uno de los diagnósticos más frecuentes en salud mental, pero es mucho más que eso. Está relacionada con la tristeza y sufrimiento de tantas personas. Pero además, es un tema de permanente actualidad, frecuente en la prensa y en las redes, tanto como en las conversaciones cotidianas, hasta el punto de que podemos considerarla como la enfermedad de nuestro tiempo.

Siendo así, y con tantos avances científicos, deberíamos saberlo todo sobre la depresión, debería sernos transparente. Pero al contrario, a pesar de las toneladas de investigaciones y fármacos, pese a su constante presencia en los medios de comunicación, en mi opinión la depresión está recubierta de engaños. Sobre ella se han tejido tantos discursos mentirosos, que merece el esfuerzo de aclarar siquiera un poco esas aguas turbias en las que tantas personas naufragan.

A qué se llama depresión

Con el término “depresión” nos referimos tanto a ligeros síntomas de tristeza que el lenguaje cotidiano resume como “estar depre”, como a graves patologías. Hay que distinguir la depresión como síntoma o como trastorno. Como síntoma puede designar un estado normal de tristeza y pesadumbre por los infortunios que forman parte de la vida y a los que no deberíamos relegar al cajón de los trastornos, sino considerarlo parte de la lucha vital.

Se encuentran también síntomas depresivos en otros trastornos psicológicos. Y a veces, la depresión se camufla bajo la forma de síntomas y enfermedades somáticas. Por último, cuando no se trata sólo de síntomas más o menos leves, los especialistas hablan de trastornos y se refieren al Trastorno depresivo recurrente y el Trastorno afectivo bipolar, ambos con distintos niveles de gravedad. Nos referiremos a estos más adelante.

La depresión es la enfermedad de nuestra época

Según la OMS, los trastornos depresivos son la primera causa mundial de discapacidad. En datos de 2015, el 5,2% de la población española sufría depresión. Es decir, 2,4 millones  de españoles. Cifras parecidas se encontraron también a nivel mundial (Agencia EFE. Comunicado sobre el informe de la OMS sobre la depresión).

Estos y otros datos indican que se trata de una enfermedad muy extendida. Sin embargo, hay un hecho muy llamativo. En 1950, la depresión sólo se diagnosticaba un 0,5%, 10 veces menos que hoy  ¿Estamos ante una epidemia producida por las características de la sociedad contemporánea?, ¿se tratará de una moda que invade incluso los diagnósticos supuestamente científicos?, ¿será que las enfermedades mentales no son algo tan definido y tan claro como a veces se nos hace creer?

Podemos pensar que la modernidad fabrica personas depresivas porque nuestra sociedad propone ideales inalcanzables. Esa sociedad nos ofrece bienes de consumo y avances técnicos para satisfacer todas las necesidades, y al mismo tiempo, muchas personas están excluidas del trabajo y la posibilidad de obtener dichos bienes. Qué más podemos desear, ¡no nos falta de nada!  Un imperativo de felicidad que resulta muy deprimente, sobre todo para quienes creen que con los bienes y los avances tecnológicos obtienen la felicidad, y lo que encuentran es un gran vacío existencial.

A lo mejor por esto está tan de moda el término “depresión”: hoy en día, no se entiende que la gente no sea feliz. Parece un pecado social, un estigma caído sobre los infelices. El desempleo, el divorcio, sufrir una pérdida familiar, un trauma personal, una enfermedad, son todas ellas situaciones que contribuyen a la depresión. Todo lo que falla, todos los infortunios cotidianos acaban recibiendo esa calificación, o mejor dicho, esta des-calificación que deshumaniza el sufrimiento, lo despoja de sentido y desplaza la responsabilidad de su tratamiento desde la persona que sufre, y la delega en los especialistas.

La invención de la depresión

¡Ay, la ciencia! ¿Qué ha podido ocurrir para pasar del 0,5% de diagnósticos de depresión en 1950 hasta la extendida epidemia actual? Hoy llamamos depresión a problemas que antes no se diagnosticaban y formaban parte de los retos de la existencia. También se llama depresión a problemas que se diagnosticaban de otra manera, por ejemplo, se llamaban trastornos de ansiedad, o neurosis.

Al extender tanto lo que hoy en día se llama depresión, ¿ha habido un progreso científico que aporte bienestar a las personas?, o mejor dicho, ¿quiénes han progresado con esta extensión del diagnóstico?

Podemos llamar la “invención de la depresión” al esfuerzo médico para extender el diagnóstico de depresión y definirlo como una enfermedad similar a  otros 

problemas de salud. Lo determinante para este cambio no han sido los más relevantes descubrimientos científicos, sino las líneas de fuerza del discurso científico, o de la política científica, o de la economía científica. No nos escandalizaremos por acotar el alcance de lo que se llama científico.

En estas décadas ha habido un gran énfasis en definir los problemas psicológicos desde el comportamiento visible y medible –aparentemente más científico-, en detrimento de la expresión verbal de la persona que los padece. Al mismo tiempo, se ha subrayado el peso orgánico en la causa del trastorno.

Este desarrollo ha tenido una fuerte inspiración económica en las compañías farmacéuticas. Se ha señalado que la pérdida de prestigio de los tranquilizantes suaves y el descubrimiento de las adiciones que causaban, dirigió la investigación farmacéutica hacia otro filón económico, los antidepresivos. Las compañías 

farmacéuticas han financiado la mayor parte de las investigaciones sobre depresión. En consecuencia, la depresión ha acabado siendo definida como aquello sobre lo que tienen efecto los fármacos antidepresivos.

De esta manera, la depresión ha sido expropiada a sus dueños, si puedo expresarlo así. La depresión como afecto, queja, expresión de malestar, ha sido travestida en una enfermedad con toda la apariencia de enfermedad orgánica y con un tratamiento farmacológico cuyos beneficios son evidentes… para quienes fabrican esos fármacos.

En cambio, ese tratamiento es empobrecedor para el sujeto que sufre porque trasmite esa visión de la depresión como enfermedad, lo que tiene un efecto de alienación. Lo aliena del sentido subjetivo de su sufrimiento. Y lo aliena de la posibilidad de utilizar ese sufrimiento como motor de su cambio.

La depresión y las depresiones

Como hemos explicado, actualmente con el término depresión se  designan un conglomerado de muchos estados. Puede referirse a estados normales, la tristeza y los efectos de problemas cotidianos. En ocasiones puede ser un matiz en la manera de ser de algunas personas.

La depresión está relacionada con las situaciones de duelo a consecuencia del fallecimiento de personas queridas, aunque también se producen pérdidas en las separaciones o divorcios, marcha de los hijos, etc. También se producen duelos a consecuencia de las pérdidas relativas a la imagen de sí mismo, cambios sociales, pérdidas de estatus, etc. Aunque habitualmente se diferencia entre el estado de duelo normal y la depresión, en muchos casos estos diagnósticos se mezclan. Así, con frecuencia los llamados duelos patológicos se diagnostican como depresión. Y en muchas depresiones, se encuentran situaciones encubiertas de duelos sin resolver.

En un sentido más preciso, la depresión se refiere a un síndrome, es decir, una serie de procesos en los que el eje es el ánimo triste al que se añade la inhibición en los comportamientos, valoraciones negativas sobre uno mismo, desgana y pérdida de impulso vital. Cuando estos procesos son muy pronunciados y repetidos, y dan lugar a dificultades de adaptación, los especialistas establecen las condiciones para diagnosticar los Trastornos depresivos. Aquí se incluyen los estados depresivos leves, los episodios depresivos (la forma aguda del trastorno), el Trastorno depresivo mayor, y el Trastorno distímico (forma crónica de un estado de ánimo depresivo).

Por último, dentro del grupo de los trastornos del estado de ánimo se incluyen también los Trastornos bipolares. En ellos, los episodios depresivos, se alternan con episodios maníacos. Estos trastornos están emparentados con los antiguos diagnósticos psiquiátricos de Melancolía y de Psicosis maniaco-depresiva. Con frecuencia son más graves que el Trastorno depresivo, por las dificultades de adaptación que ocasionan y por las perspectivas más limitadas en su tratamiento.

Por lo tanto, dentro de ese conglomerado de estados diversos, la depresión se utiliza para designar procesos clínicos que están bien definidos, junto con otros mucho más difusos. Consideramos que en la depresión se pueden distinguir dos procesos clínicos bien definidos, cuyos mecanismos psicológicos se pueden precisar:

  • El Duelo. Trabajo psíquico que se lleva a cabo para elaborar una pérdida significativa. (No lo trataré en este artículo. Me he ocupado del tema a un nivel académico en otra entrada de este blog: La clínica del duelo).
  • La Melancolía. Nos referimos con este término clásico al proceso psicológico que se encuentra en el núcleo de lo que actualmente se llama Trastorno Bipolar. (Igualmente, lo dejaremos de lado en este artículo).

No voy a profundizar aquí en esos dos procesos psicológicos que están bien definidos. Aunque parte de lo que voy a desarrollar se puede aplicar al duelo y el trastorno bipolar, centraré este artículo en la depresión propiamente dicha –estados depresivos leves y Trastornos depresivos- que es el cuadro clínico más cuestionable, cuyo mecanismo psíquico es más difuso, y sobre el que el discurso científico actual ha extendido más sombras que luces, según el punto de vista mantenido en este artículo.

Entonces, qué es la depresión

Buscando la consistencia de este cuadro clínico, intentaremos describir con más precisión el mecanismo psíquico de la depresión, partiendo de las aportaciones de la teoría psicoanalítica. El psicoanálisis no considera que la depresión sea un trastorno. Veamos si esto nos arroja alguna luz.

Freud entendía la depresión como un afecto. Describía el afecto como la parte de la pulsión que no podía asociarse en la representación. El afecto es un aspecto engañoso que atribuimos a algo sin saber bien a qué se debe. Uno tiene una vaga idea, no sabe bien qué es lo que lo deprime, incluso tiene poca gana de saberlo.

La depresión es consecuencia de la inhibición. Cuando una persona se encuentra ante el reto de un trabajo psíquico exigente pero que requiere enfrentarse a situaciones de angustia, el sujeto retrocede, detiene el tiempo, se demora en la resistencia ante los retos que le propone su existencia y su realización como persona. El mundo del deprimido se empobrece puesto que para proteger su imagen ideal, no enfrenta los retos que se le presentan. Por conservar su imagen ideal, se resiste a aceptar sus limitaciones y a crecer a partir de ellas.

Por su parte, Lacan considera la tristeza como “cobardía moral”. Podemos entender esa cobardía moral como el retroceso ante el deber. En mi opinión, esto no se refiere a retroceder ante el deber de cumplir con los ideales sociales impuestos –esa exigencia social sí que es deprimente-. Se trata del rechazo de nuestra verdad subjetiva. El retroceso ante el deber de luchar por conseguir realizar los propios deseos, ante el deber de comprometerse fuertemente con los propios ideales.

Esta posición engañosa y resistente puede ser transitoria o puede ser una estación en la que uno se demora y de la que se resiste a salir. Puede surgir a partir de la pérdida de alguien o algo que encarnaba los propios ideales, pérdida de la comodidad de no tener que dar una respuesta propia porque nos la facilitaba esa persona en la que nos apoyábamos. Por ejemplo, la salida de la adolescencia a la edad adulta y tantas otras crisis de crecimiento, pueden conllevar etapas transitorias de depresión como resistencia a aceptar la propia debilidad y luchar y crecer a partir de ella. Pero una persona puede acomodarse bien a gusto en esa posición de cobardía ante los retos que su vida le propone, ante su deber de resolver sus conflictos y avanzar.

Siendo así, no es conveniente afirmar que la depresión es un trastorno. Más bien es un estado de resistencia a enfrentarse con los verdaderos conflictos que se encuentran camuflados por la depresión. Y ponerle nombre de enfermedad tiene el doble efecto de disculpar al sujeto –es la enfermedad, no sus conflictos- y a la vez, culparlo, puesto que ese nombre engañoso le pone muy difícil buscar su salida

Cómo tratar la depresión

En primer lugar quiero insistir en una obviedad. Si alguien presenta un trastorno, debe buscar quien le atienda y no sustituir su tratamiento por esta u otras lecturas. Para quienes sufren con este trastorno, tan sólo aspiro a poner en cuestión algunas certezas y abrir interrogantes.

Para tratar la depresión, como personas y al mismo tiempo como profesionales, estamos obligados a responder a los discursos que nos alienan. Aceptar un papel pasivo ante la vida y ante los tratamientos es verdaderamente deprimente. Los discursos sociales sobre la depresión son engañosos. Pero como hemos visto, la misma depresión es engañosa, es una artimaña con la que gustosamente nos engañamos, hasta que nos cansemos de esa estrategia estéril.

El tratamiento de la depresión requiere sortear las trampas de los discursos biologicistas que atribuyen la enfermedad a un defecto orgánico y basan el tratamiento en fármacos. Si los fármacos pueden ser eventualmente necesarios, lo son de la misma manera en que a veces necesitamos unas muletas, sólo mientras sean imprescindibles para dar un paso, y nunca como excusa para no dar un paso.

También hay que sortear las trampas de las terapias psicológicas basadas en la reeducación que entienden los síntomas de la depresión como defectos de aprendizaje, algo ajeno que está mal en nosotros y que se puede reeducar. Aunque esas técnicas puedan producir efectos, al igual que los producen los psicofármacos, contribuyen a entender la depresión como un defecto que tenemos que superar, y nos impide entender la depresión como una actitud de resistencia ante nuestras propias verdades.

Otro tanto puede decirse de los gurús de todo tipo de creencias, entrenadores y líderes que pescan en el río revuelto de las personas vulnerables. Algunas personas establecen con facilidad relaciones de dependencia con estos líderes a los que ponen en el lugar de ideal, en una relación deprimente y/o alienante.

Por último, entiendo que también hay que desprenderse de los imperativos sociológicos del consumo y la producción al servicio de los ideales sociales. Tener más cosas, participar más en las redes sociales, conseguir más brillo social, son afanes que no acercan a la felicidad. La felicidad entendida como estado de permanente satisfacción es una ficción y está sobrevalorada como objetivo vital.

Y entonces, ¿qué hacer?

No alienarse, no engañarse, ya es mucho. Atravesar las trampas del afecto deprimido supone comprometerse con la búsqueda de la verdad, afrontar la angustia para crecer a través de ella.

Lo opuesto del afecto deprimido es el compromiso con los propios ideales. Frente a la satisfacción narcisista de repetirse lo maravilloso que es uno porque sí, el compromiso con los ideales proporciona la satisfacción legítica de amarse en la medida en que uno consigue realizar esos ideales, trabajosamente. Luchar contra la depresión es realizarse a través del trabajo, ese que nos devuelve la medida de la realidad, el que nos saca de los refugios en nuestra fantasía. Ir más allá del ánimo deprimido es trascenderse a sí mismo a través del amor, sabiendo cuánto se arriesga en las relaciones, sufriendo sus avatares.

Al otro lado de la depresión se encuentran el trabajo, el amor, el entusiasmo y la risa.

Ese trayecto es el viaje de la vida, el que desemboca en la muerte, como sabemos desde que lo comenzamos. Y aún sabiéndolo, se trata de recorrer ese trayecto con alegría. Y sufriendo cada vez que hace falta, porque sufrir no es estar deprimido.

Eventualmente, para realizar ese trayecto, para salir de los laberintos de la depresión, puede ser necesario un tratamiento, una escucha psicoanalítica. La depresión es una resistencia al inconsciente y a la palabra. Consultar a un psicoanalista, pedir a alguien que a través de su escucha nos ayude a escucharnos, puede ser el comienzo. 

En la experiencia clínica se constata que cuando se atiende a alguien que consulta por depresión, después de un número de sesiones se empieza a hablar de otras cosas y las quejas por la depresión ceden su lugar a los verdaderos y no menores conflictos. El afecto depresivo se disuelve cuando se encuentran las palabras para decirlo.

Si este artículo le ha interesado o le ha hecho pensar, le agradeceré que aporte sus opiniones y sus comentarios. Gracias.

Rafael Pareja Flores

2 Responses to “La depresión y sus sombras”

  1. fany dice:

    Me encanto el articulo, soy estudiante de psicologia, y la verdad me ha hecho ver de una forma distinta, de que hay esperanza personalmente conosco a alguien y segun elm e dice no hay nada en sus pensamientos que le provoquen la depression, persobnalmente creo que es el tratando de evader su propia responsabilidad en el asunto.

  2. Rafael Pareja dice:

    La cuestión es no usar el diagnóstico de depresión como parapeto ante los retos de la vida, como tú apuntas. Descartando los casos más graves de lo que ahora llaman trastorno bipolar, donde a veces hay estructuras psicóticas, detrás de la depresión suele haber otras cosas. En mi experiencia en consulta, muchas personas acuden por “depresión” y un tiempo después, dejan de hablar de depresión y empieza “lo bueno”: mi papá, mi mamá, la sexualidad, mis relaciones, etc. No he querido cargar el artículo con referencias bibliográficas, pero ya que estudias psicología, te recomiendo el libro de Darian Leader, “La moda negra. Duelo, depresión y melancolía”, con una perspectiva psicoanalítica que parte de la obra de Lacan. Está escrito con mucha claridad.
    Muchas gracias por tu comentario.

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