Las píldoras de la felicidad

Borrás. Vacaciones en el paraíso

¿Los psicofármacos contribuyen a encontrar la felicidad? Recientemente se ha difundido un estudio de la OCU (también incluido en mi página) que refleja el excesivo consumo de fármacos para combatir la ansiedad en nuestro país. Cuatro de cada diez ciudadanos españoles ha consumido algún fármaco para tratar la ansiedad a lo largo de su vida. En el caso de las mujeres, esta cifra aumenta a 1 de cada 2 españolas. Uno de cada tres españoles los ha tomado  en el último año. De este modo, ansiolíticos, somníferos, antidepresivos y otros fármacos, son ya una parte importante de nuestra dieta y significativamente, muy por encima del consumo medio de los países de nuestro entorno.

Para un sistema sanitario cada vez con menos recursos, el método más sencillo para manejar las demandas de ansiedad, depresión, somatizaciones, así como lo que estos síntomas reflejan sobre nuestras desdichas cotidianas, es prescribir psicofármacos. Y ello a pesar de que las investigaciones científicas ponen de manifiesto que los fármacos no son el tratamiento más adecuado en la mayoría de estos trastornos. Por el contrario, además de su escasa eficacia en los síntomas de ansiedad, se producen dos efectos. En algunos casos tendremos una adicción al fármaco. En muchos otros nos aseguramos de que la ansiedad camuflada pero no curada, rebrota y se hace crónica.

En su novela “Un mundo feliz”, Aldous Huxley presenta una especie de utopía paradójica: gracias a los avances médicos y a una perfecta organización social basada en la sugestión y el control, la humanidad ha alcanzado la felicidad. El precio pagado para alcanzar ese bien supremo no parece ser muy alto ya que tan sólo ha requerido renunciar a la familia, la diversidad cultural, el arte, la literatura, la ciencia, la religión y la filosofía, esto es, a todo lo que nos individualiza.

Así, el nuevo mundo consiste en masas de personas todas ellas jóvenes, sanas, hermosas, y todas ellas igual de estúpidamente sonrientes, gracias a los beneficios de esa sociedad perfecta, pero gracias también al consumo generoso de una droga, el “soma”, que no tiene efectos secundarios y que elimina las sombras que pudiera dejar tan beatífica existencia.

Borrás. Gran Vía.

Aunque el horizonte de Aldous Huxley apuntaba a las utopías colectivistas de su época –la novela se publicó en 1932-, su genio visionario anticipa tantos aspectos de nuestra sociedad actual, la que ha derribado los ídolos de la modernidad para entregarse al imperativo de la felicidad. Esa felicidad obligada es una felicidad ficticia que se confunde con el placer, el ocio, la satisfacción. Se la persigue furiosamente llenando los carritos en el supermercado, consumiendo espectáculos adormecedores, confundiéndose con las masas de ciudadanos exitosos y felices que salen en las series y los anuncios de televisión… En verdad, más bien personas que no encuentran en su interior respuestas cuando se encuentran ante la adversidad, el fracaso, la insatisfacción, lo que nos falta, nuestros conflictos internos.

Los médicos cumplen el papel de oficiantes de este nuevo culto: cuando alguien sufre, se le prescribe un fármaco, nuestro “soma” imperfecto. No por azar, la palabra “soma” en griego clásico designa el “cuerpo”. Como en la novela de Huxley, el precio por perseguir esta felicidad ficticia no es tan pequeño como parece, y acaba saliendo tan caro como vender el alma al diablo. El precio de medicalizar lo psicológico es enorme porque los síntomas, ese “cuerpo extraño” en el que nos cuesta reconocernos, son a la vez lo más íntimo del sujeto. Representan nuestros conflictos, insatisfacciones, lo que no marcha. Pero camuflarlo con pastillas, entregarlo en prenda a los científicos, nos despoja de lo que somos. Al igual que en ese mundo feliz sin familia ni identidad, sin arte que diga lo que las palabras no alcanzan, sin literatura que nos haga viajar en mundos concéntricos, sin filosofía que nos ayude a entender que somos aire. Sin nuestras imperfecciones, no somos nada.

Yo creo que la felicidad verdadera es machadiana. No está al final, sino en el camino hacia nuestro horizonte. Y en el camino, en la búsqueda del cambio personal, eventualmente en la psicoterapia, los síntomas son el combustible que impulsa ese recorrido.

Rafael Pareja Flores

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Miguel Ángel Valente
(en "Fragmentos de un libro futuro").